Querido diario,
Las hojas caídas de los árboles hoy viajan en el viento. Una
nube más gris y más pequeña que las demás se ha escondido detrás de un cerro y
diminutos tramos de azul animan un cielo encapotado.
Después de dos horas discutiendo entre la desgana y la angustia
conseguí montar en mi bici y la cinética y dos piernas perezosas me llevaron al
hospital. De reojo, allí dentro, miré un rostro en el espejo que fue el mío: una cara muy pálida y dos mejillas coloradas. El resto fue saludar
cordialmente, hoy no había consultas. Apuntaron mi nombre en una lista, una
sala de espera atestada y de nuevo el aire, los pedales, el sudor frío. Cuando
llegué pensaba leer pero escribí esto; ahora un rayo ha conseguido filtrarse y baña para mi el edificio de enfrente, con esa extraña luz de los días nublados. Son las doce
y diecisiete minutos.
deja de ser tan estéticamente pretenciosa e intenta crear nudos en las historias, va, pls...
ResponderEliminares cierto, aquí solo ha sido escribir por escribir, la estética y ya. Lo intentaré, proximamente.
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